Aventuras checas I

Cuando viajamos, nos hace gracia ver señales y carteles en idiomas que no sabemos o con alfabetos diferentes, pero cuando te mudas a un país y no entiendes ni una palabra del idioma que se habla, la historia cambia.

En 2015 me mudé a la República Checa y fue toda una aventura. Aparte de conocer poco sobre las costumbres de este país, no hablaba «ni papa» de checo. Los primeros días fueron bastante duros; ir a un restaurante y no saber qué pedir, ir a una tienda y no poder decir «hola», que te intenten revisar el billete del tranvía y tú ignorar al revisor porque no sabes que está hablando contigo, etc. Nunca me había sentido tan aislada.

Al principio pensaba que con el inglés podría sobrevivir, pero donde vivo casi nadie lo habla, así que no me quedó otra que buscarme una buena academia de checo y apuntarme a un intensivo. Hacía mucho que no estudiaba un nuevo idioma y apenas recordaba la emoción de entrar en una clase sin entender nada, el miedo inicial y la satisfacción al salir y poder decir frases básicas.

Al vivir aquí, te das cuenta que vas adquiriendo vocabulario casi sin estudiar, basta con ir leyendo los anuncios por la calle o ir a comprar a un supermercado. Además, cada vez que sales de casa tienes la oportunidad de practicar lo aprendido en clase.

Ya hace dos años que estudio checo y, aunque aún me queda un largo camino que recorrer, me siento mucho más integrada en la sociedad. El aislamiento inicial comenzó a desaparecer casi después de recibir mi primera lección, y eso me hizo pensar en la importancia de la lengua. No solo nos sirve para comunicarnos con los demás, sino que también nos ayuda a sentirnos integrados en una sociedad, porque a veces lo más importante no es poder comunicarte perfectamente con los demás, sino, entender qué pasa a tu alrededor y sentir que formas parte de la comunidad donde vives.

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Llega el verano…

…y con él, menos encargos.

Hace poco, alguien preguntaba en un foro de traducción si en verano recibíamos menos encargos y, no sé si os pasará lo mismo a vosotros, pero en mi caso, el verano es una época en la que apenas me llegan traducciones. Es cierto que los primeros días se agradece la tranquilidad y el poder relajarnos sin tener que preocuparnos por fechas de entrega, encargos difíciles, etc. Sin embargo, cuando pasan los días y a tu correo electrónico no llega ningún trabajo, nos asustamos porque ¿con qué dinero vamos a pagar las facturas? ¿con qué dinero vamos a vivir?

Aunque parece todo muy negro, las épocas de poco trabajo también pueden ser productivas y para que veáis que no miento, aquí van algunas de las cosas que hago cuando disminuye el flujo de traducciones:

  1. Actualizar el curriculum y perfiles en páginas profesionales. Es algo que teóricamente deberíamos hacer más a menudo, pero cuando pasamos 8 o 10 horas sentados delante del ordenador tecleando sin parar, el rato que nos queda libre lo queremos para entretenernos y descansar. Por eso, es buena idea aprovechar el verano para actualizar tu perfil en Proz, tu CV, tu blog o tu página web.
  2. Contactar con más clientes o clientes que se han olvidado de nosotros. Aprovechando que hemos actualizado nuestro curriculum, podemos buscar posibles clientes con los que establecer contacto o incluso hacer alguna traducción voluntaria para una ONG. Además, tenemos tiempo para recordarles a antiguos clientes que seguimos en activo y disponibles para ellos. Soy de la opinión de que no hay que ser pesados, pero un recordatorio al año no hace daño.
  3. Aprender y ampliar conocimientos. Ahora que tenemos más tiempo libre podemos apuntarnos a cursos, seminarios, webinarios o acudir a charlas para aprender más sobre nuestra profesión o sobre cosas que nos interesan. Asimismo, esto nos da la oportunidad de conocer a otros colegas y ampliar nuestro círculo de contactos.
  4. Analizar y mejorar tu negocio. Tras unos días de descanso y desconexión podemos analizar y examinar cómo nos va el negocio: ¿hemos obtenido los rendimientos esperados?, ¿podemos mejorar algo?, ¿necesitamos la ayuda de profesionales que nos asesoren? Puede que seamos unos traductores excelentes, pero que nuestro negocio no vaya todo lo bien que querríamos. Este es un buen momento para analizar qué podemos cambiar para ser más productivos, ampliar la cartera de clientes o ganar más. Sería una buena idea ponernos metas para los próximos meses.
  5. Disfrutar. De todo necesita el cuerpo y tras haber pasado tantos meses encerrados trabajando como locos, no viene mal un paroncito (siempre y cuando no se alargue demasiado). Sal a pasear, lee, ve al cine, cena con amigos, disfruta de la piscina o la playa, toma el sol, relájate.

Recordad que nada es permanente y seguro que el día menos pensado vuelves a encontrarte cientos de correos y propuestas de traducción en tu bandeja.

Y vosotros ¿qué hacéis durante los meses de poco trabajo?

¡Aprovecha el tiempo libre!

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El lenguaje políticamente correcto

¿Cuántas veces hemos oído por ahí lo de “eso no es políticamente correcto”? En mi caso, miles.

El otro día precisamente, tuve una charla con un cliente que se empeñó en que tradujera “he is deaf” por “tiene un impedimento auditivo”. Creo que si en un informe pone que una persona es sorda, es que es sorda, y no por escribirlo o decirlo me estoy burlando de ella ni la estoy humillando. Yo era miope y si alguien me decía “eres miope”, no me lo tomaba a mal. A este paso, acabaremos llamando al alto “de estatura superior a la media” y al bajo “de estatura inferior a la media”, pero ¡cuidado!, ¿podemos usar la palabra inferior sin que nadie se moleste?

Yo siempre lo digo, el lenguaje NO es machista, rudo, insultante, etc., sino las personas que lo usamos somos las que lo utilizamos con esos fines, y el tono con el que decimos algo es lo que puede ofender o molestar. Una vez, un ciego (sí, un ciego, no alguien con impedimento visual) le dijo a un amigo mío, que no sabía muy bien cómo hablar delante de él: “Soy ciego, puedes decirlo.” Entonces, si las personas con discapacidades o problemas tienen asumido lo que son, ¿por qué nos empeñamos en maquillar la realidad?

Pasando a otro ámbito de lo políticamente correcto, en Estados Unidos ha habido una gran polémica con la película The hateful eight porque el director, Quentin Tarantino, se ha pasado con el uso de la “n-word”. (¿Es que tampoco podemos decir que ha abusado de la palabra nigger?) Pues bien, para todos los que se sientan ofendidos porque en una película que se desarrolla en el mil ochocientos y pico, después de la Guerra Civil estadounidense, los personajes usan la “n-word”, que revisen los libros de historia, puede que se lleven alguna sorpresita.

Y para rematar, mi tema preferido (¡no!), el del miembro y la miembra*. ¡Ya basta con el temita de que el lenguaje es muy machista y odia a las mujeres! Soy mujer y no me siento desplazada ni anulada cuando se usa el masculino genérico, al contrario, me enervo si escucho “los hombres y las mujeres; los niños y las niñas; los jueces y las juezas; los médicos y las médicas…” Como bien dijo la RAE:

La mención explícita del femenino solo se justifica cuando la oposición de sexos es relevante en el contexto: El desarrollo evolutivo es similar en los niños y las niñas de esa edad. La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas. Por tanto, deben evitarse estas repeticiones, que generan dificultades sintácticas y de concordancia, y complican innecesariamente la redacción y lectura de los textos.

Si tan sexista es el lenguaje, ¿por qué nadie se enfada cuando usamos palabras como pediatra, fisioterapeuta, dentista, especialista, etc. para referirnos a hombres que desempeñan esa profesión? Una vez más, reitero que el lenguaje es una herramienta de comunicación y el uso que le demos será lo que despierte una reacción positiva o negativa en el receptor. Para no enrollarme más, os dejo este enlace donde se profundiza un poco más en el tema.
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¿Cómo lo dijo?

A pesar de que la traducción y los idiomas son mi pasión, a veces también se convierten en una pesadilla. Ya no recuerdo la última vez que vi una película o leí un libro sin pensar: “¿cómo traduciría yo esto?”, “pues ese subtítulo está mal” o “no me gustaría estar en la piel del traductor de esta obra”.

Se me hace tan difícil disfrutar sin pensar como traductora que no puedo  evitar anotar expresiones, verbos u oraciones que me parecen interesante o útiles. Como por ejemplo, verbos en inglés de cómo dijo alguien algo:

Bellowed –> Dijo a voces

Chuckled –> Dijo entre dientes

Groaned –> Gimió

Growled –> Dijo refunfuñando

Jested –> Bromeó

Roared –> Dijo a gritos

Snapped –> Contestó bruscamente

Snarled –> Gruñó

Snorted –> Bufó

Sobbed –> Dijo sollozando / entre sollozos

Squealed –> Dijo chillando

Whimpered –> Dijo lloriqueando

 

¿Tenéis alguna manía similar o sois capaces de dejar a un lado a ese traductor que llevamos dentro cuando leéis o veis una película?

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Literalidad vs. naturalidad

Mucha gente cree que traducir es un proceso fácil y sencillo que lo puede hacer cualquiera que sepa dos idiomas. Sin embargo, la traducción es mucho más. Cuando nos llega un texto para traducir, lo primero que hace el traductor es leerlo de forma exhaustiva para entenderlo (fase de comprensión). Una vez pasada la primera fase, pasamos a la fase de decodificación del texto, en la que vamos identificando unidades de sentido; y por último, tenemos la reformulación, fase en la que el traductor se vale de la lengua meta (LM) para reformular el texto origen (TO). Y es precisamente en esta fase donde corremos el peligro de ser literales, es decir, de no separarnos lo suficiente del TO y acabar traduciendo frases que no son muy idiomáticas ni naturales en la LM.

Este es un problema con el que me encuentro con mucha más frecuencia de la que me gustaría cuando edito o reviso traducciones o cuando veo películas y series subtituladas.

Cuando acabamos de salir de la universidad y empezamos a traducir, solemos tender a la literalidad, quizás porque la confundimos con la fidelidad. Es decir, nos cuesta alejarnos más del TO por miedo a omitir algo o cambiarle el sentido al texto, pero no debemos dejar que ese miedo afecte nuestras traducciones. El otro día, sin ir más lejos, oí a alguien decir que estaba buscando un equivalente en español de cuatro palabras para traducir una colocación inglesa que también tenía cuatro palabras. Que el inglés exprese algo con cuatro palabras, no quiere decir que el traductor tenga que buscar un equivalente con ese mismo número de palabras; quizás en su LM esa idea se expresa con una palabra o con una oración de veinte.

Otro signo de literalidad es seguir el orden de las palabras del TO, por ejemplo, si en el TO aparece una oración formada por sujeto+verbo+circunstancial de tiempo+circunstancial de lugar, traducimos a la LM poniendo primero el sujeto, luego el verbo, seguido del circunstancial de tiempo y de lugar; pero quizás, en tu LM es más idiomático poner el circunstancial de tiempo al principio ¿por qué mantener ese orden tan poco natural? No quiere decir que le somos infieles al TO por alterar el orden de los adverbios, lo que estamos haciendo es darle naturalidad al TM, a nuestra traducción, para que cuando el lector final la lea no se detenga en ella porque haya algo que le suene mal.

Otro caso donde veo mucha literalidad es con los refranes y dichos. Si en un texto inglés, por ejemplo, pone “it’s raining cats and dogs” (literalmente “están lloviendo gatos y perros”), no vamos a escribir eso, ¡ni que estuviéramos usando Google Translate! Deberemos buscar el equivalente en nuestra LM, una frase que signifique que está lloviendo mucho, por ejemplo: “está lloviendo a cántaros”; y en el caso en que en nuestro idioma no exista una frase parecida, simplemente explicamos lo que quiere decir la oración del TO.

Por último, y para no extenderme mucho más, está el caso de los false friends, esas palabras que parecen que significan una cosa, pero en realidad tienen un significado completamente distinto, por ejemplo, “constipated” (estreñido) o “embarrassed” (avergonzado). Que en el TO ponga “we embrace parent’s participation” no significa que la traducción sea “abrazamos la participación de los padres”.

Con esto quiero hacer ver que el traductor no traduce palabra por palabra, si no que traduce ideas y el no ser literal no significa que estemos omitiendo información o que no le somos fiel al TO, sino que sabemos cuál es nuestra labor y que primará la naturalidad, lo idiomático, por encima de la literalidad incomprensible.

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Da lo mejor de ti

Como en todos los trabajos, la competencia es muy alta en traducción, y por eso tenemos que resaltar y ofrecer nuestros mejores servicios. Algunas de las cosas que podemos hacer para dar lo mejor de nosotros mismos son las siguientes:

1) No te acomodes: Uno de los aspectos que más me gustan de la traducción (y la interpretación) es que nos permite ampliar nuestros conocimientos en campos en los que jamás nos habríamos centrado si tuviéramos otro trabajo. Un día nos documentamos sobre cómo funciona un aparato médico y al otro, sorbe las atracciones turísticas de una y otra ciudad.
Sin embargo, a veces podemos pecar de “cómodos”. Pensamos que dominamos un tema más que otro y nos da por aceptar solamente traducciones sobre ese tema. Lógicamente, uno tiene algunas especialidades, no se puede ser experto en todo, por eso, debemos procurar traducir textos de todas nuestras especialidades y no acomodarnos. Así iremos refinando y ampliando nuestros conocimientos, en vez de quedarnos rezagados. No hay que temerle al “aprendizaje eterno”.

2) Relaciónate: Gracias a Internet y a la globalización en general, podemos hablar con otros profesionales, compartir inquietudes, aprender unos de otros, etc. Creo que es importante formar parte de foros sobre traducción, de contribuir de vez en cuando, tanto haciendo consultas como respondiendo a las preguntas que tengan los demás. De esta forma, también aprendemos de los que llevan más años en el mercado. Nunca me he encontrado con ningún traductor que se negara a ayudarme o a darme consejo, al contrario, creo que somos una comunidad muy abierta y dispuesta a echarnos una mano cuando se necesita.

3) Ten visión de futuro: Debemos hacer planes a largo plazo, gestionar bien nuestra agenda, nuestro tiempo. Saber qué encargos podemos aceptar y cuáles no. Mantener una buena relación con nuestros clientes, tenerlos contentos con nuestro trabajo para que no busquen a otra persona, ser honestos con ellos, si alguna vez te mandan algo que no te ves capaz de traducir o de entregar en la fecha que ellos piden, díselo. No vamos a perderlos por eso (aunque nos dé miedo y lo pensemos), sino que agradecerán nuestra sinceridad y profesionalidad.

4) Conoce la cultura que esconde la lengua: Supongo que habéis oído esto muchas veces, pero es verdad. Hace poco tuve que subtitular la entrega de unos premios donde todo actor que subía al escenario se ponía a contar chistes y a hacer referencias culturales. Obviamente, uno puede documentarse, pero si ya se conoce a qué aluden y por qué están contando ese chiste y no otro, nos ahorramos tiempo y podemos buscar una solución más adecuada.

Obviamente se pueden añadir más cosas a esta pequeña lista (ser detallista, asistir a congresos, hacer cursillos…), pero creo que las mencionadas son bastante importantes y que si las tenemos en cuenta durante nuestra carrera profesional, iremos avanzando y mejorando como traductores cada día que pase.

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La ética del revisor

Después de tanto tiempo, hoy por fin encuentro un huequito en mi agenda para poder escribir la entrada sobre un tema que lleva ya meses rondando mi cabeza: la ética del revisor.

Hace tiempo escribí sobre la ética en la cabina de interpretación (Booth manners), pero casi nunca se habla de cómo debe comportarse un revisor a la hora de hacer los cambios, comentarios y sugerencias al traductor. Por lo que me parece que sería un tema interesante de tratar, y más aún, porque gracias a los “malos modales” de un revisor, conseguí a un muy buen cliente mío. Aquí la historia:

Un día contactó conmigo una persona que buscaba un asistente lingüístico, pues, a pesar de que su agencia trabaja sobre todo con el español, no sabe español y quería que una tercera persona revisara, valga la redundancia, las revisiones y ediciones realizadas por su equipo para ver si eran correctas o innecesarias. Tras hablar con esta persona, saber más sobre su agencia, los textos con los que trabajan, etc., acepté su propuesta y recibí la primera traducción ya revisada y a puntito de ser entregada. Y ¿qué fue lo que me encontré? Un documento Word lleno de cambios y comentarios del revisor al traductor. A simple vista pensé que el traductor había hecho un trabajo penoso, porque no había ni una oración que el revisor no hubiera cambiado, pero cuando comencé a leer la traducción y los cambios me di cuenta de que el problema no era del traductor, sino del revisor. ¿Qué más da que en la traducción ponga “empezar” o “comenzar”? ¿Acaso no son sinónimos? El traductor no está cometiendo ningún error que deba ser corregido. Pues correcciones de este tipo, a montones. Además, los comentarios que le escribía al traductor eran bastante rudos, del tipo “¿Es que no sabes que en español se pone mayúscula en estos casos?” o “Esta oración es muy larga ¡aprende a usar comas!”, para más inri, lo escribía todo en mayúsculas. ¡Hasta a mi me daba miedo leer los comentarios! No quiero ni imaginarme cómo debió sentirse el traductor ante tal revisión.

Obviamente, hablé con mi cliente y le expliqué qué cambios estaban fundamentados y sí eran necesarios y cuáles, no. Mi cliente que, como ya he dicho no sabe nada de español, me dijo que simplemente al ver los comentarios en mayúsculas y tanto cambio sospechó que había algo raro y de ahí que buscara una tercera opinión. No sé qué pasaría con ese revisor, pero desde entonces, las revisiones son más objetivas y no tan duras.

Nunca antes me había topado con semejante situación y por eso, creo que cuando nos toca el papel de revisores, debemos ser conscientes de que el traductor es humano, puede que encontremos alguna que otra errata o alguna oración que nosotros traduciríamos de otra forma, pero no debemos imponer nuestras preferencias. Tenemos que ser objetivos y si no hay errores de sentido ni otros errores graves que impidan el entendimiento del texto, ¿por qué humillar a la otra persona de esa manera?

No sé qué criterios o normas seguís a la hora de revisar, en mi caso, me gusta saber de dónde es el traductor (obviamente, no me voy a encontrar las mismas palabras en un texto traducido por un español que por un peruano) y de dónde es el destinatario de la traducción. A partir de ahí, leo y comparo TO y TM. Señalo los errores, pero también pongo comentarios buenos cuando ha usado la terminología adecuada o cuando ha traducido bien oraciones/párrafos difíciles de entender o mal escritos en el TO. Otra cosa que me gusta hacer –y que agradezco en las revisiones de mis traducciones– es poner la fuente donde aparece explicado el cambio o comentario. No me vale “esto es así porque lo digo yo”. Cuando revisamos, tenemos que tener una mente abierta y ser objetivos. La revisión es un proceso de aprendizaje para ambas partes, pues nos da la oportunidad de ver un mensaje expresado de otra forma, y también nos permite aprender normas gramaticales, ortotipográficas y estilísticas que desconocíamos.

¿Cómo es vuestra experiencia con los revisores? Y cuándo los revisores sois vosotros ¿qué pautas seguís?

Para terminar, aquí os dejo una presentación de Raquel García en la que explica la diferencia entre revisión y edición.

Espero vuestros comentarios y no tardar tanto en escribir mi próxima entrada.

¡Hasta la próxima! 🙂

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